El gato y el ratón en sociedad
Una gata y una ratona quisieron vivir juntas y tener casa en común; también se ocuparon del invierno y compraron una ollita de grasa, y como no sabían de lugar mejor y más seguro, la pusieron debajo del altar en la iglesia; ahí debía quedarse hasta que la necesitaran. Pero un día a la gata le entraron ganas de ella, y fue con la ratona: «Escucha, ratoncita, me han invitado mi prima para ser comadre; ha tenido un hijito, blanco con manchas cafés, y me toca llevarlo a bautizar; déjame salir y cuida tú sola la casa hoy». «Sí, sí —dijo la ratona—, ve, y si comes algo bueno, acuérdate de mí; también yo tomaría con gusto una gotita del dulce vino rojo del bautizo». Pero la gata se fue directamente a la iglesia, lamió la nata de la grasa, se paseó luego por la ciudad y no volvió a casa hasta la noche. «Seguro te has divertido —dijo la ratona—; ¿y qué nombre le pusieron al niño?». «Pellejo-fuera —respondió la gata». «¿Pellejo-fuera? ¡Qué nombre tan raro! Nunca lo había oído».
Poco después, a la gata le entraron de nuevo las ganas; fue con la ratona y dijo: «Otra vez me han invitado de comadre; el niño tiene un anillo blanco alrededor del cuerpo, no puedo negarme; tienes que hacerme el favor de llevar sola la casa». La ratona dijo que sí, pero la gata se fue y devoró la ollita de grasa hasta dejarla por la mitad. Cuando volvió a casa, la ratona preguntó: «¿Y cómo bautizaron a este ahijado?». «Mitad-fuera». «¿Mitad-fuera? ¡Qué dices! Ese nombre no lo he oído nunca; seguro que no está en el calendario».
Pero la gata no podía olvidar la olla de grasa. «Me han invitado por tercera vez de comadre; el niño es negro y tiene solo las patas blancas, y ningún otro pelo blanco en todo el cuerpo; eso solo ocurre una vez cada varios años; ¿me dejas salir?». «Pellejo-fuera, Mitad-fuera —dijo la ratona—; son nombres tan curiosos que me ponen muy pensativa; pero anda, ve». La ratona lo mantuvo todo en orden y limpió; mientras tanto la gata devoró la olla de grasa por completo y no volvió, harta y divertida, sino ya entrada la noche. «¿Y cómo se llama el tercer niño?». «Todo-fuera». «¡Todo-fuera! ¡Ay, ay! ¡Ese es el nombre más inquietante! ¿Todo-fuera? ¿Qué querrá decir? Impreso, nunca me ha salido al paso». Y sacudió la cabeza y se acostó a dormir.
Por cuarta vez nadie quiso invitar a la gata de comadre; pero el invierno llegó pronto. Cuando ya afuera no se encontraba nada, la ratona dijo a la gata: «Ven, vamos a ir por la provisión que escondimos en la iglesia bajo el altar». «Sí, vamos» [ilegible]. Pero cuando llegaron, estaba todo vacío. «¡Ay! —dijo la ratona—, ahora sale a la luz: ¡tú te lo has comido todo cuando salías de comadre! Primero Pellejo-fuera, luego Mitad-fuera, luego…». «¡Cállate —dijo la gata—, o te devoro si dices una palabra más!». «Todo-fuera» tenía la pobre ratona en la boca, y apenas lo había dicho, la gata saltó sobre ella y se la tragó.