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Portada de El niño de María

Cuento · Fantasía

El niño de María

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1812 · Dominio público

Una niña criada en un lugar maravilloso encuentra una puerta que no debe abrir. Su curiosidad la enfrenta a una decisión difícil.

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El niño de María
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El niño de María

Ante un gran bosque vivía un leñador con su mujer y su única hija, que era una niña de tres años. Pero eran tan pobres que ya no tenían el pan de cada día y no sabían qué darle de comer. Entonces el leñador, lleno de preocupaciones, salió al bosque a su trabajo, y mientras cortaba leña, de pronto estuvo ante él una hermosa y alta señora, que tenía en la cabeza una corona de estrellas resplandecientes, y le dijo: «Yo soy la Virgen María, la madre del Niño Cristo; tráeme a tu hija; quiero llevármela conmigo, ser su madre y cuidar de ella».

El leñador obedeció, fue por su hija y se la entregó a la Virgen María, que se la llevó con ella al cielo. Allí le fue bien; solo comía pan de azúcar y bebía leche dulce, sus vestidos eran de oro y los angelitos jugaban con ella. Así estuvo catorce años en el cielo; entonces la Virgen María tuvo que hacer un largo viaje; pero antes de irse llamó a la muchacha y le dijo: «Querida niña, te confío las llaves de las trece puertas del reino de los cielos; doce puedes abrirlas y contemplarlas, pero la decimotercera no, la que abre esta llavecita». La muchacha prometió obedecer sus órdenes, y cuando la Virgen se hubo marchado, abría cada día una puerta y veía las moradas del reino de los cielos. En cada una estaba sentado un apóstol y había tanto resplandor alrededor que nunca en su vida había visto tal magnificencia y gloria.

Cuando hubo abierto las doce puertas, quedaba aún la prohibida; mucho tiempo se resistió, pero al fin se vio vencida por la curiosidad, y al abrirse la puerta vio, entre fuego y resplandor, sentada a la Trinidad, y tocó un poquito con el dedo el resplandor; este se volvió todo de oro; entonces cerró de golpe la puerta y echó a correr; el corazón le latía y no quería calmarse. Pero a los pocos días volvió la Virgen María de su viaje y pidió a la muchacha las llaves del cielo, y cuando ella se las entregó, la miró y dijo: «¿No has abierto también la puerta decimotercera?». «No», respondió ella. Entonces le puso la mano sobre el corazón, que latía y latía, y vio que había transgredido su mandato y abierto la puerta: «¿De veras no lo has hecho?». «No», dijo la muchacha otra vez. Entonces vio el dedo dorado con que había tocado el fuego celestial, y supo con certeza que era culpable y dijo: «No me has obedecido y has mentido; ya no eres digna de estar en el cielo».

Entonces la muchacha cayó en un sueño profundo, profundo, y cuando despertó, estaba en la tierra, tendida bajo un árbol que estaba rodeado por todas partes de espesos arbustos a manera de cerca; la boca también la tenía cerrada y no podía decir palabra. En el árbol había una cavidad; allí se sentaba cuando llovía y había tormenta, y allí dormía de noche; raíces y bayas del bosque eran su alimento, que buscaba hasta donde podía llegar. En otoño juntaba raíces y hojas y las llevaba a la cavidad, y cuando nevaba y helaba se metía entre ellas. Sus vestidos también se estropearon y se le cayeron, y entonces se cubrió con las hojas; y cuando el sol volvía a brillar caliente, salía y se sentaba delante del árbol, y sus largos cabellos la cubrían por todos lados como un manto.

Una vez, cuando estaba así sentada en primavera ante el árbol, alguien se abrió paso con violencia entre los arbustos; era el rey, que había estado cazando en el bosque y se había extraviado. Se asombró de que en aquel desierto se sentara sola una muchacha tan hermosa, y le preguntó si quería ir con él a su castillo. Ella no pudo responder, solo asintió un poco con la cabeza; entonces el rey la subió a su caballo y se la llevó a casa, y pronto le tomó tanto cariño que la hizo su esposa. Pasado un año la reina dio a luz a un hermoso príncipe. De noche se le apareció la Virgen María y le dijo: «Di ahora la verdad, que abriste la puerta prohibida; entonces te devolveré el habla, sin la cual no puedes vivir del todo contenta; pero si eres obstinada y no quieres confesarlo, me llevaré a tu hijo». La reina, sin embargo, insistió en que no había abierto la puerta prohibida. Entonces la Virgen María tomó al niño pequeño y desapareció con él.

A la mañana siguiente, cuando el niño no estaba, corrió el rumor de que la reina muda era una devoradora de hombres y se había comido a su propio hijo. Al cabo de un año la reina dio a luz otro príncipe; la Virgen María volvió a presentarse ante ella y le pidió que dijera la verdad, si no perdería también al segundo niño. Pero la reina se aferró a que no había abierto la puerta prohibida, y la Virgen se llevó al niño. A la mañana, cuando faltaba, los consejeros del rey dijeron en voz alta que la reina era una devoradora de hombres e insistieron en que fuera juzgada por sus impíos hechos; pero el rey les ordenó callar y no quería creerlo, porque amaba mucho a la reina. Al tercer año ella trajo al mundo una princesa; la Virgen María apareció de nuevo, se la llevó al cielo y le mostró allí a sus dos hijos mayores, que jugaban con el globo terráqueo. Luego le rogó una vez más que confesara su falta y no persistiera por más tiempo en la mentira.

Pero la reina no se dejó mover y se mantuvo en su declaración. Entonces la Virgen María la abandonó y se llevó también a la menor.

El rey ya no pudo contener a sus consejeros: dijeron que la reina era sin duda una devoradora de hombres, y como era muda no podía defenderse; así que fue condenada a morir en la hoguera. Cuando estaba sobre ella, atada, y el fuego comenzaba ya a arder a su alrededor, se le conmovió el corazón y pensó para sí: «¡Ay, si pudiera morir todavía, cuán gustosa confesaría antes a la Virgen María que abrí la puerta prohibida en el cielo! ¡Qué mal hice en negarlo!». Y [en ese mismo] instante [ilegible] el cielo se abrió y la Virgen María bajó, a sus lados los dos hijos mayores, y en su brazo la menor; el fuego, empero, se apagó solo, y ella se acercó a la reina y dijo: «Como has querido decir la verdad, tu culpa te es perdonada», y le entregó a los niños, le abrió la boca para que desde entonces pudiera hablar, y le concedió dicha para toda su vida.

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