El príncipe cisne
Había una muchacha en medio de un gran bosque; entonces se le acercó un cisne que tenía un ovillo de hilo, y le dijo: «No soy un cisne, sino un príncipe encantado, pero tú puedes liberarme si desenrollas el ovillo de hilo con el que vuelo; pero cuida de no romper el hilo, o no llegaré a mi reino y no seré liberado; pero si desenrollas el ovillo por completo, serás mi novia». La muchacha tomó el ovillo, y el cisne se elevó en el aire, y el hilo se desenrolló fácilmente. Desenrolló y desenrolló todo el día, y por la tarde ya se veía el cabo del hilo; entonces, por desgracia, quedó enganchado en un zarzal y se rompió. La muchacha se afligió mucho y lloró; además se hacía de noche, el viento rugía tan fuerte en el bosque que le dio miedo, y empezó a correr cuanto podía. Y cuando hubo corrido largo rato, vio una lucecita, corrió hacia ella y llegó a una casa; llamó, y salió una viejecita, que se asombró al ver a una muchacha ante su puerta: «Ay, hija mía, ¿de dónde vienes tan tarde?».
—«Dadme albergue esta noche —dijo ella—, me he perdido en el bosque; y también un poco de pan para comer». —«Es cosa difícil —dijo la vieja—; con gusto te lo daría, pero mi marido es un ogro; si te encuentra, te devora, no hay piedad; pero si te quedas afuera, te devoran las fieras; veré si puedo ayudarte». Entonces la dejó entrar y la escondió debajo de la cama. El ogro, empero, llegaba a casa siempre antes de medianoche, cuando el sol se ha puesto del todo, y se iba de mañana antes de que salga. No pasó mucho antes de que entrara: «¡Huelo, huelo carne humana!», dijo y buscó por la sala; por fin metió la mano debajo de la cama y sacó a la muchacha: «¡Este es un buen bocado!». Pero la mujer rogó y rogó hasta que prometió dejarla vivir esa noche y comerla recién mañana en el desayuno. Antes de salir el sol, la vieja despertó a la muchacha: «Date prisa en irte antes de que mi marido despierte; te regalo una ruequita de oro; guárdala con honra: me llamo Sol».
La muchacha se fue y llegó por la tarde a una casa; todo era como la tarde anterior, y la segunda vieja le dio al despedirse un huso de oro y dijo: «Me llamo Luna». Y la tercera tarde llegó a una tercera casa; la vieja le regaló una devanadera de oro y dijo: «Me llamo Estrella; y el príncipe Cisne, aunque el hilo no se ha desenrollado del todo, ha ido tan lejos que pudo llegar a su reino; allí es rey y ya se ha casado, y vive con gran esplendor en el Monte de Cristal; esta tarde llegarás allí, pero un dragón y un león yacen ante él y lo guardan; por eso toma el pan y el tocino y apacígualos con ello». Así sucedió. La muchacha arrojó el pan y el tocino a las fauces de los monstruos, y la dejaron pasar, y llegó hasta la puerta del castillo, pero al interior del castillo los guardias no la dejaron entrar. Entonces se sentó ante la puerta y comenzó a hilar en su ruequita de oro; la reina miraba desde arriba, le gustó la hermosa ruequita, bajó y quiso tenerla.
La muchacha dijo que la tendría si permitía que pasara una noche junto a la alcoba del rey. La reina lo concedió, y la muchacha fue llevada arriba; pero todo lo que se hablaba en el cuarto se podía oír en la alcoba. Cuando llegó la noche y el rey estaba en la cama, ella cantó:
«¿Piensa aún el rey Cisne en su prometida novia Julia? Ella ha ido a través del Sol, de la Luna y de la Estrella, a través de leones y de dragones: ¿no quiere el rey Cisne despertar?».
Pero el rey no lo oyó, porque la astuta reina había tenido miedo de la muchacha y le había dado una bebida para dormir; así durmió tan profundamente que no la habría oído aunque ella hubiera estado delante de él. Por la mañana todo estaba perdido, y tuvo que volver a la puerta; allí se sentó e hiló con su huso, que le gustó también a la reina, y se lo dio con la misma condición, de pasar una noche junto a la alcoba del rey. Entonces cantó de nuevo:
«¿No piensa ya el rey Cisne en su prometida novia Julia? Ella ha ido a través del Sol, de la Luna y de la Estrella, a través de leones y de dragones: ¿no quiere el rey Cisne despertar?».
Pero el rey volvió a dormir profundamente por la bebida, y la muchacha había perdido también su huso. Entonces, la tercera mañana, se sentó con su devanadera de oro ante la puerta y devanó. La reina quiso tener también la preciosidad y prometió a la muchacha que por ello podría quedarse una noche más junto a la alcoba. Pero ella había notado el engaño, y pidió al criado del rey que esa noche le diera al rey otra cosa de beber. Entonces cantó una vez más:
«¿No piensa ya el rey Cisne en su prometida novia Julia? Ella ha ido a través del Sol, de la Luna y de la Estrella, a través de leones y de dragones: ¿no quiere el rey Cisne despertar?».
Entonces despertó el rey; al oír su voz, la reconoció y preguntó a la reina: «Cuando uno ha perdido una llave y la encuentra de nuevo, ¿conserva la vieja o la recién hecha?». La reina dijo: «Con toda seguridad la vieja». —«Pues entonces no puedes seguir siendo mi esposa; he encontrado de nuevo a mi primera novia». Entonces la reina tuvo que volver a la mañana siguiente a casa de su padre, y el rey se casó con su verdadera novia, y vivieron contentos hasta que murieron.