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Portada de El rey con el león

Cuento · Fantasía

El rey con el león

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1812 · Dominio público

Un príncipe deja a su amada mientras atiende a su padre enfermo. Las promesas hechas durante esa ausencia complican su regreso.

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El rey con el león
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El rey con el león

Junto a su novia estaba sentado un joven príncipe y dijo: «Te doy un anillo y mi retrato; llévalo en mi recuerdo y séme fiel; mi padre está moribundo y me ha mandado llamar; quiere verme otra vez antes de su fin; cuando sea rey, vendré a buscarte». Luego se fue a caballo y halló a su padre agonizante. Éste le rogó aún que se casara, después de su muerte, con cierta princesa. El príncipe estaba tan afligido, y quería tanto a su padre, que sin pensarlo dijo que sí, y enseguida cerró los ojos el viejo rey y murió. Cuando fue proclamado rey y terminó el tiempo de luto, tuvo que cumplir su palabra, e hizo pedir la mano de la otra princesa, que le fue concedida. Entretanto la primera novia oyó que el príncipe cortejaba a otra; se afligió tanto que casi se consumía. Su padre le preguntó por qué estaba tan triste; que pidiera lo que quisiera, se le concedería; la princesa pensó un momento, luego pidió once muchachas que le fueran del todo iguales, también en estatura y talle.

El rey hizo buscar las once doncellas por todo el reino, y cuando estuvieron reunidas, la princesa las vistió de cazadores, y a sí misma igual, de modo que las doce eran perfectamente una como otra. Luego cabalgó hacia el rey, su antiguo prometido, y pidió para sí y las demás servicio como cazadores. El rey no la reconoció, y como eran gente tan hermosa, les concedió de buen grado la petición y las tomó en su corte.

El rey tenía, empero, un león al que nada le estaba oculto, y que sabía todo lo que ocurría en secreto en la corte. Éste le dijo una tarde: «Crees que tienes ahí doce cazadores, pero son puras muchachas». El rey no quiso creerlo; entonces dijo el león además: «Haz esparcir una vez guisantes en tu antesala; los hombres tienen un paso firme, cuando pasan por encima, ninguno se mueve; las muchachas, en cambio, andan con pasitos y resbalan, y los guisantes ruedan bajo sus pies». Al rey le gustó la idea. Pero había un criado del rey que quería a los cazadores y había oído eso; corrió donde ellos y les dijo: «El león os toma por muchachas y quiere haceros esparcir guisantes para probaros». La princesa ordenó entonces a sus once doncellas que se hicieran toda la violencia y pisaran firme sobre los guisantes. Cuando por la mañana se hubieron esparcido los guisantes, el rey hizo venir a los doce cazadores; pero tenían un paso tan seguro y fuerte que ni un guisante se movió.

Por la tarde el rey reprochó al león que le hubiera mentido; dijo el león: «Se han disfrazado; pero haz poner doce ruecas en la antesala; se alegrarán de ellas, y eso no lo hace ningún hombre». El rey siguió una vez más al león e hizo poner las ruecas. Pero el criado había revelado a los cazadores el plan; entonces la princesa ordenó a sus once doncellas no mirar siquiera las ruecas. Así lo hicieron, y el rey ya no quiso creer al león. Cobraba cada vez más afecto a los cazadores, y cuando salía de caza, tenían que seguirlo. Una vez que estaban con él en el bosque, llegó la noticia de que la novia del príncipe estaba en camino y pronto llegaría; cuando la verdadera novia lo oyó, se desmayó.

El rey creyó que a su querido cazador le había sucedido algo; corrió hacia allí y quiso ayudarle; le quitó también los guantes, y entonces vio el anillo que había dado a su primera novia, y cuando vio además el retrato en su cuello, la reconoció; y mandó decir enseguida a la otra novia que volviera a su reino, que él ya tenía una esposa; y que cuando se ha encontrado una llave vieja, no se necesita la nueva. Entonces se celebró la boda, y el león no había mentido, y volvió a ser favorecido por el rey.

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