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Portada de El pobre y el rico

Cuento · Fantasía

El pobre y el rico

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1815 · Dominio público

Un caminante busca alojamiento en las casas de un rico y de un pobre. La manera de recibirlo da lugar a deseos muy distintos.

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El pobre y el rico
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El pobre y el rico

En tiempos antiguos, cuando el buen Dios mismo andaba por la tierra entre los hombres, sucedió que una tarde estaba cansado y la noche lo sorprendió antes de poder llegar a una posada. Pero en el camino, ante él, había dos casas una frente a otra, una grande y hermosa, la otra pequeña y de aspecto pobre, y la una pertenecía a un hombre rico, la otra a un hombre pobre. Nuestro Señor Dios pensó: «Al rico no le seré molesto», y llamó a su puerta. Entonces el rico abrió su ventana y preguntó qué quería. «Un lugar para pasar la noche». El rico lo miró de la cabeza a los pies, y como el buen Dios llevaba ropas sencillas y no parecía uno que tuviera mucho dinero en el bolsillo, movió la cabeza y dijo: «No puedo acogeros; mis cuartos están llenos de semillas, y si hubiera de dar posada a todo el que llama a mi puerta, tendría yo mismo que irme con el bastón de mendigo; buscad otro lugar donde alojaros». Con eso cerró de golpe su ventana y dejó plantado al buen Dios.

Así el buen Dios le dio la espalda, cruzó a la casita y llamó. Apenas había llamado, el pobre abrió ya su puertecita, rogó al caminante que entrara y pasara la noche con él: «Ya es de noche —dijo—, y hoy no podéis seguir más adelante». Esto agradó al buen Dios y entró; la mujer del pobre le tendió la mano, le dio la bienvenida y dijo que se pusiera cómodo y se conformara, que no tenían mucho, pero lo que había lo daban de todo corazón. Luego puso patatas al fuego, y mientras se cocían, ordeñó su cabra para tener un poco de leche. Y cuando la mesa estuvo puesta, el buen Dios se sentó con ellos y comió, y la pobre comida le supo bien, pues había rostros contentos. Cuando hubieron comido y llegó la hora de dormir, la mujer llamó aparte a su marido y le dijo: «Oye, querido marido, esta noche nos haremos una cama de paja en el suelo, para que el pobre caminante pueda acostarse en nuestra cama y descansar; ha andado todo el día, y así uno se cansa».

De buena gana dijo el marido: «Voy a decírselo», fue donde el buen Dios y le rogó, si le parecía bien, que se acostara en su cama y descansara bien sus miembros. El buen Dios no quería quitar a los dos viejos su lecho, pero ellos no cedieron hasta que por fin lo hizo y se acostó en su cama; ellos, en cambio, se hicieron una cama de paja en el suelo. A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, se levantaron ya y le prepararon un pobre desayuno. Cuando el sol entró por la ventanita y el buen Dios se hubo levantado, comió de nuevo con ellos y quiso luego seguir su camino. Pero cuando estaba en la puerta, dijo: «Ya que sois tan compasivos y piadosos, pedid tres cosas, que os las cumpliré». Entonces dijo el pobre: «¿Qué otra cosa voy a pedir sino la bienaventuranza eterna, y que nosotros dos, mientras vivamos, estemos sanos y tengamos nuestro pan diario necesario? Para lo tercero no sé qué pedir». El buen Dios dijo: «¿No quieres pedir una casa nueva en lugar de la vieja?».

Dijo el hombre que sí, que si eso fuera posible, le sería muy grato. Al instante el buen Dios cumplió sus deseos y transformó su vieja casa en una hermosa casa nueva, y luego los dejó.

Cuando ya era pleno día y el rico se levantó y se asomó a la ventana, vio enfrente una hermosa casa nueva donde antes estaba la vieja choza. Abrió los ojos de par en par, llamó a su mujer y dijo: «Mujer, mira, ¿cómo ha podido ser esto? Anoche había allí una miserable choza, y ahora hay una hermosa casa nueva; corre un momento hasta allá y averigua cómo ha pasado». Fue la mujer y preguntó, y el pobre le contó: «Anoche llegó un caminante que buscaba posada, y esta mañana al despedirse nos ha concedido tres deseos: la bienaventuranza eterna, salud en esta vida y el pan diario necesario, y en vez de nuestra vieja choza una hermosa casa nueva». Cuando la mujer del rico lo hubo oído, volvió corriendo y se lo contó a su marido, quien dijo: «Quisiera despedazarme y golpearme; si lo hubiera sabido… El forastero estuvo también conmigo, pero lo despedí». —«Date prisa —dijo la mujer—, y súbete a tu caballo; el hombre no está aún lejos, debes alcanzarlo y hacerte conceder también tres deseos».

El rico montó y alcanzó al buen Dios, le habló con finura y dulzura y le dijo que no se lo tomara a mal, que no lo hubiera dejado entrar enseguida: había estado buscando la llave de la puerta de la casa, y mientras tanto él se había ido; si volvía, tendría que alojarse con él. «Sí —dijo el buen Dios—, si alguna vez vuelve, lo hará». Entonces preguntó el rico si no podía también pedir tres deseos, como su vecino. «Sí —dijo el buen Dios—, bien puedes, pero no sería bueno para ti, y más te valdría no desear nada». Pero el rico opinó que ya se buscaría algo bueno, con tal de que se cumpliera con seguridad. Dijo el buen Dios: «Cabalga a casa, y los tres deseos que formules serán cumplidos».

Ahora el rico tenía lo que quería, cabalgó hacia su casa y se puso a pensar qué debía desear; mientras así reflexionaba y soltaba las riendas, el caballo empezó a dar brincos, de modo que se vio interrumpido continuamente en sus pensamientos y no podía juntarlos de ninguna manera. Se enojó entonces con el caballo y dijo con impaciencia: «¡Ojalá te rompieras el cuello!». Y apenas pronunció la palabra, ¡plaf!, cayó al suelo, y el caballo yacía muerto y no se movía más, y así se cumplió el primer deseo. Pero como era avaro, no quiso abandonar los arreos de la silla, los cortó, se los echó a la espalda y tuvo que ir a casa a pie. Con todo, se consoló pensando que aún le quedaban dos deseos. Mientras así caminaba por la arena y al mediodía el sol quemaba fuerte, se puso tan acalorado y malhumorado; la silla, además, le pesaba en la espalda, y tampoco se le había ocurrido todavía qué desear. Cuando creía tener algo, luego le parecía muy poco y mezquino.

Entonces le vino a la mente lo bien que lo pasaba su mujer ahora, sentada en casa en una fresca habitación y regalándose; esto lo enojó de veras, y sin darse cuenta dijo así, sin más: «Quisiera que estuviera sentada en casa sobre la silla y no pudiera bajar, en vez de que yo la cargue aquí en la espalda». Y cuando las palabras terminaron, la silla ya no estaba en su espalda, y notó que su segundo deseo se había cumplido también. Entonces sí que sintió calor, y se puso a correr y quiso sentarse en casa, completamente solo, y pensar en algo grande para el último deseo. Pero cuando llegó y abrió la puerta de la sala, allí estaba su mujer, sentada en medio, sobre la silla, sin poder bajar, gimiendo y gritando. Entonces dijo él: «Date por contenta; te desearé todas las riquezas del mundo, pero quédate ahí sentada». Pero ella dijo: «¿De qué me sirven todas las riquezas del mundo si estoy sentada en la silla? Tú me deseaste ahí; tienes que ayudarme también a bajar».

Quisiera o no, tuvo que formular el tercer deseo, que ella quedara libre de la silla y pudiera bajar, y también se cumplió. Así no sacó de ello sino enojo, trabajo y un caballo perdido; los pobres, en cambio, vivieron contentos, tranquilos y piadosos hasta su feliz fin.

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