El espíritu en la botella
Un hombre hizo estudiar a su hijo; cuando éste hubo cursado un par de escuelas, el padre ya no pudo gastar más en él; lo hizo, pues, venir y le dijo: «Ya sabes que nuestro patrimonio se ha acabado; ya no puedo hacer nada más por ti». Dijo el hijo: «Querido padre, no os preocupéis por eso; si es así, me quedo con vos, iré con vos y ganaré algo con la leña picada [Malterholz, es decir, cortar y apilar leña]»; pues el padre era jornalero y ganaba así su pan. El padre dijo: «Sí, hijo mío, te resultará penoso; yo tengo sólo un hacha y no puedo comprarte otra». —«Ah —dijo el hijo—, id con el vecino, que os prestará una». El padre pidió prestada, pues, un hacha para él, y fueron juntos al bosque y trabajaron. Cuando hubieron trabajado hasta el mediodía, dijo el padre: «Ahora descansemos un poco y comamos nuestro almuerzo; luego el trabajo andará otra vez con doble ánimo».
El estudiante tomó su almuerzo en la mano y dijo a su padre que quería dar una vuelta con él en busca de nidos de pájaros. «¡Oh, tonto! —dijo el padre—, ¿qué quieres andar por ahí? Quédate conmigo, o te cansarás y después no podrás hacer nada más». Pero el hijo se fue por el bosque, comió su pan y buscó nidos de pájaros, y llegó a una gran encina peligrosa, y buscó un poco por allí. De pronto le llegó una voz desde la raíz, que gritaba con un tono muy sordo: «¡Sácame! ¡Sácame!». Escuchó atento y gritó: «¿Dónde estás?». Dijo de nuevo: «¡Sácame! ¡Sácame!». —«Pero no veo nada —dijo el estudiante—; ¿dónde estás?». —«Aquí estoy, junto a la raíz de la encina». Entonces se puso a buscar y halló en una pequeña cueva una botella de vidrio, de la que había salido la voz; la alzó a la luz y había dentro una figura como de rana; la figura gritó otra vez: «Quita el tapón».
El estudiante lo hizo, y cuando hubo quitado el tapón, salió un sujeto de tamaño espantoso y dijo: «¿Sabes bien qué recompensa has merecido por haberme sacado?». —«No», dijo el estudiante. —«Pues te lo diré: tengo que romperte el cuello por ello». —«No —dijo el estudiante—, a mí no así; eso debías haberlo dicho antes, y no te habría sacado. Habría que preguntar primero a más gente». —«Más gente aquí, más gente allá, tendrás tu merecida recompensa; bien puedes pensar que no estaba aquí encerrado por gracia, sino por castigo: ¿sabes bien qué nombre tengo?». —«No —dijo el estudiante—, no lo sé». Dijo entonces el espíritu: «Soy el poderosísimo Mercurio; tengo que romperte el cuello». —«No, no va así como piensas —dijo el estudiante—; tienes que tramar otro arreglo; también debo ver si puedes volver a entrar en la botella, de lo contrario jamás creeré que hayas salido; pero si lo veo, me entregaré a tu cautiverio».
El espíritu consintió y se metió de nuevo por el mismo agujero y por el cuello de la botella; cuando estuvo dentro, el estudiante volvió a poner el tapón que había quitado, y el espíritu quedó engañado. Entonces el espíritu rogó que lo redimiera de nuevo y lo dejara salir. «No —dijo el estudiante—, a quien atentó contra mi vida no puedo dejarlo salir otra vez, y no lo dejaré salir jamás». Dijo entonces el espíritu: «Te daré tanto que tengas bastante para toda la vida». —«Me engañarías, como la primera vez», dijo el estudiante. —«No —dijo el espíritu—, no te haré nada». Entonces se dejó mover y quitó el tapón, y el espíritu salió. «Ahora quiero recompensarte —dijo—; toma este emplasto: si untas con un extremo una herida, sanará; y si untas acero o hierro con el otro extremo, se convertirá todo en plata». El estudiante quiso probar el emplasto e hizo un pequeño corte en un árbol y le aplicó el emplasto, y al instante quedó curado.
Entonces el estudiante dio las gracias al espíritu y el espíritu le dio las gracias también por su redención, y se despidieron. El estudiante volvió a su padre, que ya estaba otra vez trabajando y lo regañó por haber tardado tanto: «Ya lo decía yo, que no harías nada». —«Ya lo recuperaré», dijo el estudiante. —«Sí —dijo el padre enojado—, recuperar no tiene arte». —«Padre, ¿qué debo hacer primero?». —«Derriba aquel árbol». Entonces el estudiante sacó su emplasto y untó con él su hacha; y cuando hubo dado un par de golpes, el hacha estaba toda torcida y se le había doblado el filo, pues se había vuelto de plata. «¡Ya lo veis, padre! —dijo el hijo—, ¡qué hacha me habéis dado, que se me ha puesto toda torcida!». —«¡Ay! ¿Qué has hecho? —dijo el padre, y se enojó aún más—. Ahora tengo que pagar el hacha; así me traes sólo daño con tu ayuda». El hijo dijo: «No os enojéis, padre; yo pagaré el hacha». —«Sí, tonto, ¿con qué quieres pagarla?
No tienes nada más que lo que yo te doy; son artimañas de estudiante las que tienes en la cabeza; de cortar leña no entiendes nada». Quiso entonces el hijo persuadir al padre de que dejara el trabajo; el padre dijo que se fuera al diablo; pero el estudiante no lo dejó en paz y dijo que no podía irse solo a casa hasta que el padre fuera con él. El hijo llevó el hacha, pero el padre era un hombre viejo y no pudo ver que se había vuelto de plata. Cuando llegaron a casa, dijo el padre: «Lleva el hacha y mira lo que quieren dar por ella». El estudiante tomó el hacha, fue con ella a la ciudad, al orfebre, y le preguntó cuánto daría. Cuando el orfebre la hubo visto, dijo que no era tan rico en su patrimonio como para pagarla. Dijo entonces el estudiante que le diera lo que tuviera y que el resto se lo fiaría. El orfebre le dio 300 táleros y le prestó aún 100 táleros más.
Con eso el estudiante volvió a casa de su padre y dijo: «Aquí tengo dinero; id ahora y preguntad cuánto quiere el hombre por el hacha». —«Eso ya lo sé —dijo el padre—: 1 tálero 6 groschen». —«Dadle entonces 2 táleros 12 groschen, que es el doble y es bastante». Luego el estudiante dio a su padre cien táleros y le dijo que nunca le faltaría nada, y le contó toda la historia, cómo había ocurrido. Con los otros 300 táleros se fue y terminó sus estudios; con su emplasto pudo después curar todas las heridas y fue el médico más famoso de todo el mundo.