La viga del gallo
Había una vez un hechicero que estaba en medio de una gran multitud de gente y realizaba sus prodigios; entonces hizo avanzar también a un gallo que levantó una pesada viga y la llevaba como si fuera ligera como una pluma. Pero había allí una muchacha que acababa de encontrar un trébol de cuatro hojas y por eso se había vuelto lista, de modo que ningún engaño podía resistir ante ella, y vio que la viga no era más que una brizna de paja. Gritó entonces: «¡Eh, gente, ¿no veis que es una simple brizna de paja y no una viga lo que lleva el gallo?». Al instante se desvaneció el encanto y la gente vio lo que era, y echaron al hechicero con burla y vergüenza; pero él dijo para sí, lleno de ira: «Ya me vengaré».
Algún tiempo después la muchacha celebró su boda, iba adornada y marchaba en gran cortejo por el campo hacia el lugar donde estaba la iglesia. De pronto llegaron a un arroyo muy crecido, y no había puente ni pasarela para cruzarlo. Entonces la novia, ágil, se levantó la falda y quiso vadear. Estando ya en el agua, un hombre —era el hechicero, a su lado— gritó con mucha burla: «¡Eh!, ¿dónde tienes los ojos, que tomas eso por agua?». Entonces se le abrieron los ojos y vio que con la falda levantada estaba en medio de un campo de lino en flor azul. Todos los demás lo vieron también, y echaron al hombre con burlas y risas.