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Portada de El pobre mozo de molino y la gatita

Cuento · Fantasía

El pobre mozo de molino y la gatita

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1815 · Dominio público

Tres mozos salen de un molino para buscar el mejor caballo. El menor encuentra una gatita que le propone un servicio poco habitual.

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El pobre mozo de molino y la gatita
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El pobre mozo de molino y la gatita

En un molino servían una vez tres mozos de molino; vivía allí sólo un viejo molinero, sin mujer ni hijos. Cuando llevaban ya algunos años sirviéndole, les dijo: «Salid por el mundo, y el que me traiga a casa el mejor caballo, a ése le daré el molino». El tercero de los mozos era el pinche, a quien los otros tenían por tonto, y no le querían conceder el molino; y él ni siquiera lo quería después. Salieron los tres juntos, y cuando estuvieron ante el pueblo, dijeron los dos al tonto Hans: «Tú puedes quedarte aquí; no conseguirás un caballo en toda tu vida». Pero Hans fue de todos modos con ellos, y cuando se hizo de noche, llegaron a una cueva y se acostaron dentro a dormir. Los dos listos esperaron entonces a que Hans se durmiera; luego se levantaron, se marcharon, dejaron a Hansito tendido y creyeron haberlo hecho muy bien: ¡sí! ¡pero no os irá bien!

Cuando salió el sol y Hans despertó, estaba en una cueva profunda; miró en torno: «¡Ay, Dios! ¿Dónde estoy?». Se levantó, trepó por la cueva hacia arriba, entró en el bosque y pensó: «¿Cómo voy a conseguir ahora un caballo?». Mientras caminaba así, sumido en sus pensamientos, le salió al encuentro una gatita multicolor y dijo: «Hans, ¿adónde vas?». —«¡Ay! No puedes ayudarme». —«Sé bien lo que deseas —dijo la gatita—: quieres un hermoso caballo; ven conmigo y sé durante siete años mi fiel criado, y te daré uno más hermoso que cualquiera que hayas visto en tu vida». Entonces lo llevó a su castillito encantado; tenía que servirle y partir leña menuda todos los días; para ello recibió un hacha de plata, y las cuñas y la sierra eran de plata, y el mazo era de cobre. Así lo hizo, se quedó con ella, tenía buena comida y bebida, pero no veía a nadie más que a la gatita multicolor.

Una vez ella le dijo: «Ve y siega mi prado y haz secar la hierba», y le dio una guadaña de plata y una piedra de afilar de oro, pero le ordenó que lo entregara todo de vuelta en orden. Hans fue y hizo lo que se le había ordenado, y cuando terminó y llevó a casa la guadaña, la piedra de afilar y el heno, preguntó si todavía no le daría su paga. «No —dijo la gata—, primero tienes que hacerme todavía una cosa: aquí hay madera de construcción de plata, hacha de carpintero, escuadra y todo lo necesario, todo de plata; con ello constrúyeme primero una casita». Hans terminó de construir la casita y dijo que ya lo había hecho todo y todavía no tenía caballo; los siete años se le habían pasado como si fueran medio. Preguntó la gata si quería ver sus caballos. «Sí», dijo Hans. Ella le abrió la casita, y cuando abrió la puerta, allí había doce caballos: ¡ay!, ¡qué orgullosos eran! Brillaban y relucían tanto que el corazón se le alegró en el pecho.

Le dio entonces de comer y de beber y dijo: «Vete ahora a casa; tu caballo no te lo doy para llevar, pero en tres días iré yo y te lo traeré». Así Hans se fue a casa, y ella le mostró el camino al molino. Pero ni siquiera le había dado ropa nueva, sino que tuvo que conservar su vieja blusita andrajosa, que había traído, y que en los siete años se le había quedado corta por todas partes.

Cuando llegó a casa, los otros dos mozos de molino ya estaban de vuelta; cada uno había traído un caballo, pero el de uno era ciego, el del otro cojo. Le preguntaron: «Hans, ¿dónde tienes tu caballo?». —«Dentro de tres días llegará». Entonces se rieron y dijeron: «¡Sí, Hans! ¿De dónde vas a sacar un caballo? ¡Será algo bueno!». Hans entró a la sala, pero el molinero le dijo que no se acercara a la mesa, que estaba demasiado roto y andrajoso, que daba vergüenza si entraba alguien. Le sacaron afuera su poquito de comida, y cuando por la noche fueron a dormir, los otros dos no quisieron darle cama, y por fin tuvo que meterse en el gallinero de las ocas y acostarse sobre un poco de paja.

Por la mañana, cuando despierta, ya han pasado los tres días, y llega una carroza con seis caballos, ¡ay, cómo relucían, era una belleza!, y un criado traía todavía un séptimo, que era para el pobre mozo de molino; de la carroza bajó una magnífica princesa y entró en el molino, y la princesa era la gatita multicolor a quien el pobre Hans había servido siete años. Preguntó al molinero dónde estaba el tercer mozo, el pinche. El molinero dijo: «A ése no podemos admitirlo en el molino, está tan roto y yace en el gallinero de las ocas». La princesa dijo que lo trajeran en seguida. Lo sacaron, pues, y tuvo que recoger su blusita para cubrirse; el criado desató entonces unos magníficos vestidos, tuvo que lavarlo y vestirlo, y cuando estuvo listo, ningún rey podía tener mejor aspecto. Después quiso la princesa ver los caballos que habían traído los otros mozos; uno era ciego, el otro cojo.

Hizo entonces que el criado trajera el séptimo caballo; cuando el molinero lo vio, dijo que uno así nunca había entrado a su patio. «Y éste es para el tercer mozo», dijo la princesa. —«Entonces tiene que tener el molino», dijo el molinero; pero la princesa dijo que ahí estaba su caballo, que se quedara también con el molino; y toma a su fiel Hans, lo sienta en la carroza y se va con él. Van primero a la casita que él había construido con las herramientas de plata; ahora es un gran castillo, y todo en él es de plata y oro; allí ella se casó con él, y él fue rico, tan rico que tuvo bastante para toda la vida. Por eso nadie debe decir que quien es tonto no puede llegar a ser nada bueno.

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