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Portada de De la servilleta, el morral, el sombrerito de cañones y el cuerno

Cuento · Fantasía

De la servilleta, el morral, el sombrerito de cañones y el cuerno

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1812 · Dominio público

Tres hermanos buscan fortuna lejos de casa y encuentran objetos prodigiosos. Sus poderes los acercan a un desafío de ambición y mando.

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De la servilleta, el morral, el sombrerito de cañones y el cuerno
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De la servilleta, el morral, el sombrerito de cañones y el cuerno

Eran tres hermanos de Schwarzenfels, muy pobres de nacimiento, que viajaron a España; allí llegaron a una montaña que estaba toda rodeada de plata. El hermano mayor se hizo pagar, tomó tanto como pudo cargar y se fue a casa con su botín. Los otros dos siguieron viajando y llegaron a una montaña donde no se veía sino oro. Entonces dijo uno al otro: «¿Qué hacemos?», y el segundo tomó también tanto oro como pudo cargar y se fue a casa; pero el tercero quiso probar su suerte aún mejor y siguió adelante. Al cabo de tres días llegó a un bosque inmenso; allí se cansó de andar, el hambre y la sed lo atormentaban, y no podía salir del bosque. Entonces trepó a un árbol alto para ver si podía hallar el fin del bosque, pero no vio sino copas de árboles; deseó entonces saciar una vez más su cuerpo y se puso a bajar del árbol. Cuando llegó abajo, divisó al pie del árbol una mesa servida con toda clase de comida; se puso contento, se acercó a la mesa y comió hasta saciarse.

Y cuando hubo terminado de comer, tomó consigo la servilleta y siguió su camino, y cuando de nuevo lo asaltaban el hambre y la sed, extendía la servilleta, y lo que deseaba estaba sobre ella.

Después de una jornada llegó a casa de un carbonero, que quemaba carbón y cocía papas. El carbonero lo invitó a comer, pero él dijo: «No quiero comer contigo, sino que yo te invito». El carbonero preguntó: «¿Cómo es posible? No veo que lleves nada contigo». —«No importa, siéntate». Con eso extendió su servilleta, y allí estaba todo lo que se podía desear. El carbonero comió con gusto y le agradó mucho la servilleta, y cuando terminaron de comer dijo: «Cambia conmigo; te doy por la servilleta un viejo morral de soldado; si le golpeas con la mano, sale cada vez un cabo y seis soldados con armas largas y cortas; a mí no me sirven de nada en el bosque, pero la servilleta me gustaría». El trueque se hizo; el carbonero se quedó con la servilleta, el de Schwarzenfels se llevó el morral. Pero apenas había andado un trecho, golpeó sobre él, y salieron los héroes de guerra: «¿Qué desea mi señor?». —«Marchen y traigan del carbonero mi servilleta, que dejé allá».

Así volvieron y le trajeron de nuevo la servilleta. Por la noche llegó a otro carbonero, que lo invitó de nuevo a cenar y tenía igualmente papas sin grasa. Pero el de Schwarzenfels extendió su servilleta e invitó a aquel, y todo fue a pedir de boca. Cuando la comida acabó, también este carbonero pidió el trueque; dio por la servilleta un sombrero; si se le daba vueltas sobre la cabeza, tronaban los cañones como si en el lugar hubiera una batería. Cuando el de Schwarzenfels se alejó un trecho, golpeó de nuevo sobre su viejo morral, y el cabo con seis hombres tuvo que traerle otra vez la servilleta. Luego siguió adelante por el mismo bosque y llegó de noche a casa del tercer carbonero, que lo invitó, como los otros, a papas sin sal ni grasa, pero recibió de él un agasajo, y cambió con él la servilleta por un cornetín; cuando se soplaba en él, caían por tierra todas las ciudades y aldeas, y también todas las fortificaciones.

Pero el carbonero no conservó la servilleta más que los otros, pues el cabo con seis hombres vino pronto y la recogió. Cuando el de Schwarzenfels tuvo todo reunido, volvió a su casa y quiso visitar a sus dos hermanos.

Estos eran ricos por su mucho oro y plata, y cuando llegó, con un viejo y roto abrigo, no quisieron reconocerlo como hermano. Al punto golpeó su morral e hizo marchar 250 hombres, que tuvieron que sacudir bien el lomo (la «Hucke») a sus hermanos. Todo el pueblo vino en su ayuda, pero lograron poco en el asunto; entonces se avisó al rey, quien envió un comando militar para apresar a esos soldados; pero el de Schwarzenfels golpeó de una vez sobre su morral e hizo marchar infantería y caballería, que devolvieron el comando militar a su lugar. Al otro día el rey hizo marchar muchísima más gente para dejar en paz al viejo tipo. Pero este golpeó su morral tanto tiempo, hasta que salió un ejército entero, y además dio unas vueltas a su sombrero; entonces tronaron los cañones, y el enemigo fue batido y puesto en fuga. Se hizo la paz, lo nombraron virrey, y le dieron también por esposa a la princesa.

Pero a la princesa le rondaba siempre en la cabeza que había debido tomar por marido a un viejo tipo así, y no deseaba otra cosa sino librarse de él. Indagó cada día en qué ventajas consistía su poder; él era tan leal que se lo descubrió todo. Entonces ella le sonsacó el morral y lo desterró, y cuando luego marcharon soldados contra él, su gente estaba perdida; pero aún tenía su sombrerito: lo tomó e hizo tronar los cañones, y así derrotó al enemigo y se hizo otra vez la paz. Después se dejó engañar de nuevo, y la princesa le sonsacó su sombrerito. Y cuando el enemigo se arrojó sobre él, no tenía sino su cornetín; sopló en él, y al punto cayeron aldeas, ciudades y todas las fortificaciones. Entonces fue rey solo, y lo siguió siendo hasta que murió.

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