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Portada de Los dos hijos de rey

Cuento · Fantasía

Los dos hijos de rey

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1815 · Dominio público

Dos jóvenes de sangre real atraviesan pruebas, huidas y transformaciones. Su ingenio los ayuda a afrontar promesas difíciles.

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Los dos hijos de rey
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Los dos hijos de rey

Había una vez un rey que tuvo un hijito, en cuyo signo [Teiken] estaba escrito que sería muerto por un ciervo cuando tuviera dieciséis años. Cuando ya había crecido hasta esa edad, salieron una vez los cazadores con él a cazar. En el bosque el hijo del rey se apartó de los demás [von den andern weg], y de pronto vio un gran ciervo; quiso dispararle, pero no pudo acertarlo; por fin el ciervo corrió delante de él hasta que estuvo del todo fuera del bosque; allí, de pronto, se paró en lugar del ciervo un hombre muy grande y alto, que dijo: «Está bien que te tenga; ya he corrido tras de ti con seis pares de patines de vidrio hasta que se rompieron [caput] y no he podido atraparte». Lo tomó entonces consigo y lo arrastró por una gran agua hasta un gran castillo real; allí tuvo que sentarse a la mesa y comer algo.

Cuando habían comido algo juntos, dijo el rey: «Tengo tres hijas; con la mayor tienes que velar una noche, desde las nueve de la noche hasta la mañana; y yo vendré cada vez que dé la hora, yo mismo, y llamaré; y si siempre me das respuesta, la tendrás por esposa». Cuando los jóvenes llegaron a la alcoba, había allí un San Cristóbal de piedra; dijo entonces la hija del rey: «A las nueve viene mi padre, cada hora hasta que den las tres; cuando pregunte, dadle respuesta en lugar del hijo del rey». Entonces el San Cristóbal de piedra asintió con la cabeza muy deprisa, y después cada vez más despacio, hasta que por fin se quedó quieto. A la mañana siguiente, dijo el rey: «Has hecho bien tu trabajo; pero no puedo entregarte a mi hija; tendrías que velar la noche con la segunda; entonces consideraré si puedes tener a mi hija mayor por esposa; pero yo vendré cada hora yo mismo, y cuando te llame, respóndeme; y si te llamo y no respondes, tu sangre correrá por mí».

Fueron entonces los dos a la alcoba; allí había un San Cristóbal de piedra todavía más grande; a éste le dijo la hija del rey: «Cuando mi padre pregunte, respondedle»; entonces el gran San Cristóbal de piedra volvió a asentir con la cabeza. Y el hijo del rey se echó sobre el umbral [Dörsüll], puso la mano bajo la cabeza y se durmió. A la mañana siguiente dijo el rey: «Has hecho bien tu trabajo, pero no puedo entregarte a mi hija; tendrías que velar la noche con la hija menor del rey; entonces consideraré si puedes tener a mi segunda hija por esposa; pero yo vendré cada hora yo mismo, y cuando llame, respóndeme; y si te llamo y no respondes, tu sangre correrá por mí». Subieron los cuatro juntos a su alcoba; allí había un San Cristóbal mucho más grande y mucho más largo que los dos primeros; a éste le dijo la hija del rey: «Cuando mi padre grite, respondedle»; entonces el gran San Cristóbal de piedra asintió con la cabeza bien media hora, hasta que la cabeza volvió a quedar quieta.

Y el hijo del rey se echó sobre el umbral y durmió. A la mañana siguiente dijo el rey: «Has velado bien, pero todavía no puedo entregarte a mi hija; tengo un gran bosque si me lo talas desde esta mañana hasta mañana por la mañana, consideraré el asunto». Le dio entonces un hacha de vidrio, una cuña de vidrio y un hachuelo de vidrio para leña. Cuando llegó al bosque, golpeó una vez y la cuña saltó en pedazos; entonces tomó la cuña y golpeó una vez con el hachuelo, y se hizo tan corto y tan pequeño como arena. Se afligió entonces y creyó que ahora tendría que morir, y se sentó y lloró. A mediodía dijo el rey: «Una de vosotras, muchachas, debe llevarle algo de comer». —«No —dijeron las dos mayores—, no le llevaremos nada; el que veló por última vez, ése puede traerle algo». Tuvo que ir la menor y llevarle algo de comer. Cuando llegó al bosque, le preguntó cómo le iba. Él dijo que le iba muy mal. Ella dijo que viniera y comiera primero un poco.

«No —dijo él—, eso no puedo; moriré de todos modos; no quiero comer más». Entonces ella le dijo tantas buenas palabras que lo intentara, que por fin vino y comió algo. Cuando hubo comido algo, dijo ella: «Voy a espulgarte un poco; entonces pensarás distinto». Mientras lo espulga, él se pone tan cansado y se duerme; ella toma su pañuelo blanco, le hace un nudo, le da tres golpes en la tierra y dice: «¡Obreros, afuera!». Al instante salieron tantos hombrecitos de la tierra, y preguntaron qué mandaba la hija del rey. Ella dijo: «En el plazo de tres horas debe estar talado el gran bosque y toda la leña puesta en montones». Los hombrecitos de la tierra fueron a convocar a todos sus parientes para que les ayudaran en el trabajo. Comenzaron en seguida, y cuando pasaron las tres horas, todo estaba hecho; volvieron a la hija del rey y se lo dijeron. Ella tomó de nuevo su pañuelo blanco y dijo: «¡Obreros, a casa!». Y todos desaparecieron.

Cuando el hijo del rey despertó, se puso muy contento; ella le dijo: «Cuando den las seis, vete a casa». Así lo hizo, y el rey le preguntó: «¿Has talado el bosque?». —«Sí», dijo el hijo del rey. Mientras estaban sentados a la mesa, dijo el rey: «Todavía no puedo darte a mi hija; tienes que hacer aún otra cosa por ella». Preguntó qué debía ser. «Tengo un gran estanque —dijo el rey—; a él debes ir mañana por la mañana y limpiarlo de fango, de modo que quede brillante como un espejo, y deben nadar en él peces de toda clase». A la mañana siguiente el rey le dio una pala de vidrio y dijo: «A las seis el estanque debe estar listo». Se fue, y cuando llegó al estanque, clavó la pala de vidrio en el fango y se rompió; clavó el azadón en el fango, y se quebró también. Se afligió mucho. A mediodía la hija menor le llevó algo de comer, y le preguntó cómo le iba. El hijo del rey dijo que le iba muy mal. Que seguramente perdería la cabeza: «Los utensilios se me han roto otra vez».

—«Oh —dijo ella—, que venga y coma primero algo; entonces tendrás otro ánimo». «No —dijo él—, no puedo comer; estoy demasiado afligido». Entonces ella le dijo muchas buenas palabras, hasta que vino y comió algo. Ella lo espulga de nuevo, y él se duerme; toma de nuevo un pañuelo, le hace un nudo, golpea con el nudo tres veces en la tierra y dice: «¡Obreros, afuera!». Vienen en seguida tantos hombrecitos de la tierra y todos preguntan qué desea. «En el plazo de tres horas deben haber vaciado el estanque entero, y debe quedar tan brillante que uno pueda mirarse en él, y de toda clase de peces deben haber en él». Los hombrecitos de la tierra fueron y convocaron a sus parientes para que les ayudaran, y estuvo terminado también en dos horas. Vuelven y dicen: «Hemos hecho lo que nos ordenaste». Entonces la hija del rey toma el pañuelo y golpea de nuevo tres veces en la tierra y dice: «¡Obreros, a casa!», y desaparecieron todos otra vez.

Cuando el hijo del rey despierta, el estanque está terminado. Y la hija del rey se va también y dice que, cuando sean las seis, vaya a casa. Cuando llegó a casa, preguntó el rey: «¿Has terminado el estanque?». —«Sí», dijo el hijo del rey. «Eso está bien». Cuando estuvieron otra vez a la mesa, dijo el rey: «Has terminado el estanque, es verdad, pero todavía no puedo darte a mi hija; tienes que hacer una cosa más». —«¿Qué es?», preguntó el hijo del rey. «Tengo un gran monte, todo lleno de zarzas, que deben ser talados todos; y arriba debes construir un gran castillo, que debe ser tan magnífico como uno pueda imaginar, y todo el mobiliario que corresponde a un castillo debe estar dentro». Cuando se levantó a la mañana siguiente, el rey le dio un hacha de vidrio y un taladro de vidrio; pero a las seis debía estar todo listo.

Cuando dio con el hacha en la primera zarza, ésta saltó en pedazos tan lejos y tan pequeños que los fragmentos le volaron alrededor, y el taladro no pudo usarlo en absoluto. Se afligió mucho y esperó a su amada, por si venía y lo ayudaba a salir del apuro. Cuando llegó el mediodía, ella vino y le trajo algo de comer; él salió a su encuentro y le contó todo, y comió algo, y se dejó espulgar por ella y se durmió. Ella toma de nuevo el pañuelo, golpea con él en la tierra y dice: «¡Obreros, afuera!». Vienen de nuevo tantos hombrecitos de la tierra y preguntan qué desea. Dijo ella: «En el plazo de tres horas deben talar todas las zarzas y arriba, en el monte, debe haber un castillo, tan magnífico como uno pueda pensarlo, y todo el mobiliario debe estar dentro». Se fueron, convocaron a su parentela para que ayudara, y cuando pasó el tiempo, todo estaba hecho.

Fueron a la hija del rey y se lo dijeron, y la hija del rey tomó el pañuelo y golpeó tres veces con él en la tierra y dijo: «¡Obreros, a casa!». Al instante desaparecieron todos otra vez. Cuando el hijo del rey despertó y vio todo, se puso tan contento como un pájaro en el aire. Cuando dieron las seis, se fueron juntos a casa. Dijo el rey: «¿Está terminado también el castillo?». —«Sí», dijo el hijo del rey. Cuando estuvieron sentados a la mesa, dijo el rey: «No puedo dar a mi hija menor antes de que se hayan casado las dos mayores». Entonces el hijo del rey y la hija del rey se afligieron mucho, y el hijo del rey no supo cómo ayudarse.

Entonces viene una noche a la hija del rey y huye con ella. Cuando se habían alejado un poco, la hija miró atrás y vio a su padre detrás de ellos. «¡Oh! —dijo—, ¿cómo lo haremos? Mi padre está detrás de nosotros y quiere alcanzarnos. Te convertiré en un zarzal y a mí en una rosa, y me protegeré en medio del matorral». Cuando el padre llegó al lugar, allí había un zarzal y una rosa en medio; quiso cortar la rosa, y entonces vino la espina y le pinchó el dedo, de modo que tuvo que volver a casa. Su mujer le preguntó por qué no los había traído. Él dijo que había estado cerca, pero que de pronto los había perdido de vista, y que sólo había un zarzal y una rosa. Dijo la reina: «Si hubieras cortado la rosa, el zarzal habría venido solo». Él fue de nuevo y quiso traer la rosa. Entretanto los dos estaban ya lejos, campo a través, y el rey corre tras ellos. La hija mira de nuevo atrás y ve venir a su padre; dice: «¡Oh!, ¿cómo lo haremos ahora?

Te convertiré en una iglesia y a mí en un párroco: subiré al púlpito y predicaré». Cuando el rey llegó al lugar, allí había una iglesia y en el púlpito un párroco predicando; escuchó el sermón y se volvió a casa. Su mujer le preguntó por qué no los había traído. Él dijo: «No; los he seguido tanto tiempo; y cuando creía estar cerca, allí había una iglesia y en el púlpito un párroco predicando». —«Debías haber traído al párroco —dijo la mujer—; la iglesia habría venido sola. Aunque te envíe a ti (aunque yo te envíe), no sirve de nada; tengo que ir yo misma». Cuando llevaba un rato en camino y veía a los dos de lejos, la hija del rey miró atrás y vio venir a su madre, y dijo: «¡Ahora sí que estamos desgraciados! Ahora viene mi madre misma. Te convertiré en un estanque y a mí en un pez». Cuando la madre llegó al lugar, allí había un gran estanque, y en medio saltaba un pez, que asomaba la cabeza fuera del agua y estaba muy alegre. Ella quiso atrapar al pez, pero no pudo cogerlo.

Se enojó mucho y bebió el estanque entero para atrapar al pez; pero entonces se puso tan mal que tuvo que vomitar, y vomitó de nuevo el estanque entero. Entonces dijo: «Ya veo que nada ayuda; que vuelvan a nosotros». Entonces fueron de nuevo a ellos, y la reina dio a la hija tres nueces y dijo: «Con esto podrás ayudarte cuando estés en tu mayor necesidad». Y los jóvenes se fueron otra vez juntos. Cuando habían caminado unas diez horas, llegaron al castillo de donde era el hijo del rey, y cerca había un pueblo. Cuando llegaron, dijo el hijo del rey: «Quédate aquí, amada mía; primero iré al castillo, y luego vendré con el carruaje y criados a buscarte». Cuando llegó al castillo, todos se alegraron tanto de tener de nuevo al hijo del rey; él contó que tenía una novia, que ahora estaba en el pueblo, esperando y acechando, y que creía que él iría a buscarla; pero no venía nadie.

La hija del rey se alquiló entonces en el molino que pertenecía al castillo; todas las tardes tenía que sentarse junto al agua y limpiar vasijas [Gefäße reinigen]. Un día la reina salió del castillo.. y quisieron ir con el carruaje a buscarla. En seguida engancharon, y muchos criados se subieron al carruaje. Cuando el hijo del rey quiso subir, su madre le dio un beso, y él había olvidado todo lo ocurrido y también lo que quería hacer; entonces la madre ordenó que desengancharan otra vez, y todos volvieron a la casa. La muchacha, sin embargo, está sentada en el pueblo y el castillo había pasado, y va a pasear junto al agua y ve a la hermosa muchacha allí y dice: «¡Qué hermosa muchacha! ¡Cómo me gusta!». La miraron todos, pero nadie la conocía. Pasa mucho tiempo, durante el cual la muchacha sirvió honrada y fielmente al molinero. Entretanto la reina había buscado una esposa para su hijo, que era de muy lejos en el mundo. Cuando la novia llegó, se pensó en celebrar la boda en seguida.

Se junta tanta gente que quiere verlo todo; entonces la muchacha dijo al molinero que le diera también permiso. Dijo el molinero: «Pues ve». Cuando ella va a salir, abre una de las tres nueces; allí hay dentro un vestido tan hermoso que se lo pone y va con él a la iglesia, y se pone delante del altar; de pronto viene la novia con el novio y se sienta ante el altar, y cuando el párroco los iba a bendecir, la novia miró de lado y la vio de pie; entonces se levantó otra vez y dijo que no se dejaría casar hasta tener también un vestido tan hermoso como el de la dama. Volvieron a casa y mandaron preguntar a la dama si vendía el vestido. «No —dijo ella—, vender no lo vendo, pero ganármelo, eso sí podría ser». Le preguntaron qué debían hacer. Ella dijo que si podía dormir esta noche ante la puerta del hijo del rey, lo haría. Dijeron: «Pues que lo haga».

Los criados tuvieron que dar al hijo del rey una pócima para dormir, y entonces ella se echó sobre el umbral y gimió toda la noche: «He hecho talar el bosque por ti, he hecho vaciar el estanque por ti, he hecho construir el castillo por ti, te he convertido en zarzal, luego en iglesia y por último en estanque, y tan deprisa me has olvidado». El hijo del rey no oyó nada de esto, pero los criados despertaron, escucharon y no supieron qué podía significar.

A la mañana siguiente, cuando se levantaron, la novia se puso el vestido y se fue con el novio a la iglesia; entretanto la hermosa muchacha abre la segunda nuez, y dentro hay un vestido todavía más hermoso; se lo pone de nuevo y va a la iglesia ante el altar, y sucede como la vez anterior; y la muchacha se echa de nuevo por la noche ante el umbral que lleva a la habitación del hijo del rey, y los criados deben darle otra vez una pócima para dormir: pero los criados vienen y le dan otra cosa, con lo que se acuesta; y la criada del molinero gime de nuevo sobre el umbral tanto y dice lo que había hecho. Todo esto lo oye el hijo del rey y se pone muy afligido, y le vuelve a la memoria todo lo que había pasado; entonces quiere ir con ella, pero su madre había cerrado la puerta con llave. A la mañana siguiente, sin embargo, fue en seguida a su amada y le contó todo, cómo le había ocurrido, y le rogó que no se enojara con él por haberla olvidado tanto tiempo.

Entonces la hija del rey abre la tercera nuez, y hay dentro un vestido mucho más hermoso; se lo pone y va con su novio a la iglesia, y vinieron tantos niños que le dieron flores y le tendieron cintas de colores a los pies, y se hicieron bendecir y celebraron una alegre boda; pero la madre falsa y la novia tuvieron que irse. Y a quien contó esto por última vez, la boca aún le está caliente.

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