Del ruiseñor y la culebrilla ciega
Había una vez un ruiseñor y una culebrilla ciega (lución), que tenían cada uno un solo ojo, y vivieron juntos en una casa mucho tiempo en paz y concordia. Pero un día el ruiseñor fue invitado a una boda, y dijo a la culebrilla ciega: «Me han invitado a una boda y no quisiera ir con un solo ojo; sé buena y préstame el tuyo; mañana te lo devuelvo». Y la culebrilla ciega lo hizo por complacencia.
Pero al día siguiente, cuando el ruiseñor volvió a casa, le gustó tanto llevar dos ojos en la cabeza y poder ver a ambos lados, que no quiso devolver a la pobre culebrilla ciega el ojo prestado. Entonces la culebrilla ciega juró que se vengaría de él, de sus hijos y de los hijos de sus hijos. «Anda, y busca —dijo el ruiseñor—:
Yo construyo mi nido en aquellos tilos, tan alto, tan alto, tan alto, tan alto, ¡que jamás lo podrás encontrar!».
Desde entonces todos los ruiseñores tienen dos ojos y todas las culebrillas ciegas, ninguno. Pero donde el ruiseñor construye, abajo, en el matorral, vive también una culebrilla ciega, y siempre trata de trepar hasta arriba, para perforar los huevos de su enemiga o beberlos.