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Portada de Jorinda y Joringel

Cuento · Fantasía

Jorinda y Joringel

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1812 · Dominio público

Una hechicera habita un castillo donde los visitantes pueden quedar encantados. Joringel busca un modo de recuperar a Jorinda.

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Jorinda y Joringel
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Jorinda y Joringel

Había una vez un viejo castillo en medio de un gran bosque espeso, y en él vivía una vieja completamente sola; era una gran hechicera. De día se hacía gata o lechuza, pero por la tarde volvía a tomar forma humana normal. Podía atraer la caza y los pájaros, y luego los degollaba, los cocía y los asaba. Si alguien se acercaba al castillo a cien pasos, tenía que quedarse quieto y no podía moverse de su sitio hasta que ella lo desatara; pero si una casta doncella entraba en este círculo, la transformaba en pájaro y la encerraba luego en una cesta, en las cámaras del castillo. Tenía bien siete mil de esas cestas con tan raros pájaros en el castillo.

Pues bien, había una doncella que se llamaba Jorinda; era más hermosa que todas las otras muchachas; ella y un joven muy hermoso, llamado Joringel, se habían prometido el uno al otro. Estaban en los días de novios, y su mayor placer era estar el uno con el otro. Para poder hablar una vez con confianza el uno con el otro, fueron a pasear al bosque. «Cuídate —dijo Joringel— de no acercarte tanto al castillo». Era una hermosa tarde; el sol brillaba claro entre los troncos de los árboles en el verde oscuro del bosque, y la tórtola cantaba lastimera en las viejas hayas de mayo.

Jorinda lloraba a veces, se sentaba al sol y se lamentaba; Joringel también se lamentaba; estaban tan consternados como si hubieran de morir; miraron alrededor, estaban perdidos, y no sabían hacia dónde ir a casa. La mitad del sol estaba aún sobre el monte, y la otra mitad ya debajo. Joringel miró por entre la maleza y vio la vieja muralla del castillo muy cerca de sí; se asustó y le entró un miedo mortal. Jorinda cantó:

«Mi pajarito del anillito rojo canta pena, pena, pena; canta a la palomita su muerte, canta pe… ¡zicküth! ¡zicküth! ¡zicküth!».

Joringel miró a Jorinda. Jorinda estaba transformada en un ruiseñor, que cantaba zicküth, zicküth. Una lechuza de ojos ardientes voló tres veces alrededor de ella, y gritó tres veces: «Schu, hu, hu, hu». Joringel no podía moverse; estaba allí como una piedra, no podía llorar, ni hablar, ni mover mano ni pie. Entonces el sol se puso; la lechuza voló a un arbusto y enseguida salió de éste una vieja encorvada, amarilla y flaca, con grandes ojos rojos, la nariz curva, cuya punta llegaba hasta el mentón. Murmuró, atrapó al ruiseñor y se lo llevó en la mano. Joringel no podía decir nada, no podía moverse del sitio; el ruiseñor se había ido; por fin volvió la mujer y dijo con voz sorda: «¡Salud, Zachiel! Cuando la lunita brille en la cestita, desata, Zachiel, a buena hora». Entonces Joringel quedó libre; cayó de rodillas ante la mujer y le rogó que le devolviera a su Jorinda; pero ella dijo que nunca más la tendría, y se fue. Él gritó, lloró, se lamentó, pero todo fue inútil.

«¡Ay! ¿Qué va a ser de mí?». Joringel se fue y llegó por fin a un pueblo extraño; allí guardó ovejas largo tiempo. A menudo daba vueltas alrededor del castillo, pero no demasiado cerca; por fin soñó una noche que hallaba una flor roja como la sangre, en cuyo centro había una hermosa y gran perla; arrancó la flor, fue con ella al castillo; todo lo que tocaba con la flor quedaba libre del hechizo; también soñó que con ella recobraba a su Jorinda. A la mañana, al despertar, empezó a buscar por monte y valle si hallaba una flor así; buscó hasta el noveno día, y entonces encontró la flor roja como la sangre muy de mañana. En el centro había una gran gota de rocío, tan grande como la más hermosa perla. Llevó esta flor día y noche hasta el castillo. Cuando llegó a cien pasos del castillo, no quedó clavado, sino que siguió hasta la puerta. Joringel se alegró mucho, tocó la puerta con la flor y se abrió de golpe; entró, atravesó el patio, escuchó dónde oía a los pájaros.

Por fin lo oyó; fue y halló la sala, en la cual estaba la hechicera, dando de comer a los pájaros en las siete mil cestas. Cuando vio a Joringel, se enojó, muy enojada, lo insultó, escupió veneno y hiel contra él, pero no podía acercársele a dos pasos. Él no hizo caso de ella y fue a mirar las cestas con los pájaros; pero había muchos cientos de ruiseñores; ¿cómo iba a encontrar a su Jorinda? Mientras miraba así, notó que la vieja tomaba a escondidas una cestita con un pájaro y se iba con ella hacia la puerta. Enseguida saltó hacia allí, tocó la cestita con la flor, y también a la vieja; entonces ya no pudo hechizar nada, y Jorinda estaba allí, le había echado los brazos al cuello, tan hermosa como antes. Entonces devolvió también a todos los otros pájaros su forma de doncellas, y se fue a casa con su Jorinda, y vivieron contentos juntos.

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