Del mal hilar el lino
Hace tiempo vivía un rey al que nada en el mundo le gustaba más que hilar lino, y la reina y sus hijas tenían que hilar todo el día; y si no oía zumbar las ruecas, se enojaba. Una vez tuvo que hacer un viaje, y antes de despedirse dio a la reina un gran cajón de lino y dijo: «Esto tiene que estar hilado cuando yo regrese». Las princesas se entristecieron y lloraron: «Si tenemos que hilar todo esto, tendremos que estar sentadas todo el día y ni siquiera podremos levantarnos». Pero la reina dijo: «Consuélense, yo las ayudaré». Había en el país tres doncellas especialmente feas: la primera tenía un labio inferior tan grande que le colgaba sobre la barbilla; la segunda tenía en la mano derecha el dedo índice tan grueso y ancho que de él se habrían podido hacer tres dedos; la tercera tenía un pie plano, grueso y ancho, tan ancho como media tabla de amasar.
La reina las mandó llamar y el día en que el rey debía volver las sentó a las tres una al lado de otra en su habitación, les dio sus ruecas, y tuvieron que hilar; a cada una le dijo también lo que debía responder a las preguntas del rey. Cuando el rey llegó, oyó desde lejos el zumbido de las ruecas, se alegró de corazón y pensó en elogiar a sus hijas. Pero cuando entró en la habitación y vio sentadas a las tres feas doncellas, primero se asustó; luego se acercó y preguntó a la primera de dónde tenía el labio inferior tan horriblemente grande: «¡De lamer, de lamer!». Luego a la segunda, de dónde el dedo grueso: «¡De torcer el hilo, de torcer y enrollar!»; y al decirlo, hizo correr el hilo un par de veces alrededor del dedo. Por fin a la tercera, de dónde el pie grueso: «¡De pisar, de pisar!». Cuando el rey oyó eso, ordenó a la reina y a las princesas que no volvieran a tocar nunca una rueca, y así se libraron de su tormento.