La extraña invitación
Una vez vivían juntas una morcilla y una longaniza de hígado, y la morcilla invitó a la longaniza a comer. Cuando llegó la hora de la comida, la longaniza fue muy contenta a casa de la morcilla; pero cuando entró por la puerta de la casa, vio toda clase de cosas extrañas, en cada peldaño de la escalera, que eran muchos, siempre algo distinto: había una escoba y una pala que se golpeaban entre sí, luego un mono con una gran herida en la cabeza y otras cosas semejantes.
La longaniza estaba del todo asustada y turbada, pero tomó ánimo, entró en la sala y fue recibida amistosamente por la morcilla. La longaniza empezó a informarse de las cosas raras que había afuera en la escalera, pero la morcilla hizo como si no lo oyera, o como si no valiera la pena hablar de ello, o decía, por ejemplo, de la pala y la escoba: «Habrá sido mi criada, que estaba charlando con alguien en la escalera», y llevó la conversación a otra cosa.
Luego la morcilla salió y dijo que tenía que ir a la cocina a ver la comida, si todo se preparaba como era debido y nada se echaba en la ceniza. Mientras la longaniza andaba de un lado a otro en la sala y tenía siempre en la cabeza las cosas extrañas, entró alguien, no sé quién fue, y dijo: «Te aviso, longaniza, que estás en una cueva de sangre y de asesinos; apresúrate a irte, si en algo aprecias tu vida». La longaniza no lo pensó mucho: se deslizó por la puerta y corrió cuanto pudo; tampoco se detuvo hasta estar fuera de la casa, en medio de la calle. Entonces miró atrás y vio a la morcilla arriba, en el tragaluz del desván, con un cuchillo largo, largo, que relucía como recién afilado; con él amenazaba y gritaba hacia abajo:
«¡Si te atrapara, si te atrapara!».