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Cuento · Fantasía

Del jardín de verano y de invierno

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1812 · Dominio público

Un mercader busca una rosa en pleno invierno para su hija menor. Un jardín imposible lo lleva a un compromiso extraordinario.

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Del jardín de verano y de invierno
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Del jardín de verano y de invierno

Un comerciante quería ir a la feria; preguntó a sus tres hijas qué debía traerles. La mayor dijo: un hermoso vestido; la segunda: un par de lindos zapatos; la tercera: una rosa. Pero conseguir la rosa era algo difícil, porque estaban en pleno invierno; con todo, como la menor era la más hermosa y tenía tanta alegría con las flores, el padre dijo que vería si podía conseguirla, y se esforzaría mucho en ello.

Cuando el comerciante iba de regreso, tenía un magnífico vestido para la mayor y un par de hermosos zapatos para la segunda, pero la rosa para la tercera no había podido conseguirla; cuando había entrado a un jardín y preguntado por rosas, la gente se había reído de él: que si creía que las rosas crecían en la nieve. Eso le dolió mucho, y mientras pensaba si no podría traer nada para su hija más querida, llegó ante un castillo, y junto a él había un jardín en el que era mitad verano y mitad invierno, y de un lado florecían las más hermosas flores, grandes y pequeñas, y del otro todo estaba pelado y había nieve profunda. El hombre se bajó del caballo, y cuando divisó todo un seto lleno de rosas en el lado de verano, se alegró, fue hacia allí y arrancó una, y siguió luego cabalgando. Ya había andado un trecho, cuando oyó algo que corría tras él y resoplaba; se volvió y vio un gran animal negro, que gritaba: «¡Devuélveme mi rosa, o te mato! ¡Devuélveme mi rosa, o te mato!».

Entonces dijo el hombre: «Te lo ruego, déjame la rosa; debo llevarla a mi hija, que es la más hermosa del mundo». —«Por mí, bien, pero dame por ello a tu hermosa hija por esposa». El hombre, para librarse, dice que sí, y piensa que no vendrá a reclamarla; pero el animal gritó aún tras él: «Dentro de ocho días vengo a buscar a mi novia».

El comerciante llevó a cada una de las hijas lo que había deseado; todas se alegraron por ello, pero más que todas la menor por la rosa. Al cabo de ocho días estaban las tres hermanas sentadas juntas a la mesa; entonces algo subió con paso pesado la escalera, llegó a la puerta y gritó: «¡Abran, abran!». Abrieron, pero se asustaron mucho cuando entró un gran animal negro: «Como mi novia no ha venido, y el plazo se ha cumplido, voy a buscarla yo mismo». Con eso fue hacia la hija menor y la agarró. Ella empezó a gritar, pero fue inútil: tuvo que irse con él; y cuando el padre llegó a casa, su hija más querida había sido raptada. El animal negro llevó a la hermosa doncella a su castillo; era allí todo maravilloso y bello, y había músicos que tocaban, y abajo estaba el jardín mitad verano y mitad invierno; y el animal le hacía todo por amor, cuanto podía adivinar en sus ojos. Comían juntos y ella tenía que servirle, o no quería comer; así cobró afecto al animal, y al fin lo quiso mucho.

Una vez le dijo: «Tengo tanto miedo, no sé bien por qué, pero me parece que mi padre está enfermo, o una de mis hermanas; ¡si pudiera verlos solo una vez!». Entonces el animal la llevó a un espejo y dijo: «Mira ahí dentro»; y cuando miró, fue como si estuviera en casa; vio su sala y a su padre, que de verdad estaba enfermo, de pena, porque se echaba la culpa de que su hija más querida hubiera sido raptada por una fiera y quizá devorada por ella; si hubiera sabido lo bien que le iba, no se habría afligido; vio también a sus dos hermanas sentadas junto a la cama, llorando. Con todo esto tuvo el corazón muy pesado, y rogó al animal que la dejara volver a casa unos días. El animal no quiso por mucho tiempo, pero al fin, al verla lamentarse tanto, tuvo compasión de ella y dijo: «Ve a tu padre, pero prométeme que dentro de ocho días estarás de vuelta». Ella se lo prometió, y cuando se iba, gritó aún: «Pero no te quedes ni un día más de ocho».

Cuando llegó a casa, su padre se alegró de verla una vez más; pero la enfermedad y la pena habían corroído demasiado su corazón para que pudiera sanar, y a los pocos días murió. Entonces no pudo pensar en otra cosa por la tristeza, y luego su padre fue enterrado; ella fue con el cortejo, y luego las hermanas lloraron juntas y se consolaron, y cuando por fin pensó de nuevo en su querido animal, ya hacía mucho que habían pasado los ocho días. Entonces le entró mucho miedo, y le pareció que también éste estaba enfermo; se puso enseguida en camino y volvió a su castillo. Pero cuando llegó, estaba todo silencioso y triste; los músicos no tocaban y todo estaba cubierto de crespón negro; el jardín, empero, era todo invierno y estaba cubierto de nieve. Y cuando buscó al animal mismo, había desaparecido, y lo buscó por todas partes, pero no pudo hallarlo.

Entonces se puso doblemente triste, y no sabía cómo consolarse; y una vez andaba así de pena por el jardín, y vio un montón de coles, que arriba ya estaban viejas y podridas; las apartó, y cuando hubo dado vuelta a unas cuantas, vio a su querido animal, que yacía debajo y estaba muerto. Rápidamente trajo agua y lo roció con ella sin parar; entonces se levantó de un salto, y de pronto estaba transformado en un hermoso príncipe. Entonces se celebró la boda, y los músicos tocaron de nuevo enseguida, el lado de verano del jardín resurgió magnífico, y el crespón negro fue arrancado, y vivieron contentos juntos para siempre.

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