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Portada de El sastrecillo listo

Cuento · Fantasía

El sastrecillo listo

Hermanos Grimm

Publicado por charly

Cuentos de la infancia y del hogar · Edición 1815 · Dominio público

Una princesa propone un acertijo a quienes desean casarse con ella. Tres sastres intentan resolverlo y superar una prueba inesperada.

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El sastrecillo listo
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El sastrecillo listo

Había una vez una princesa terriblemente orgullosa; cuando se presentaba un pretendiente, le proponía algo que adivinar, y si no podía adivinarlo, era despedido con burla. Hizo también publicar que quien lo adivinara se casaría con ella, y que viniera quien quisiera. Se juntaron entonces tres sastres; los dos mayores creían que habían dado ya tantas puntadas finas y las habían acertado que no podía fallarles, que seguramente acertarían también con la princesa; pero el tercero era una cosita pequeña e inútil, que ni siquiera entendía su oficio. Los dos le dijeron: «Quédate mejor en casa; con tu poco entendimiento no llegarás lejos». Pero el sastrecillo no se dejó confundir y dijo que había puesto su cabeza en ello, y que se las arreglaría bien; y se fue allá como si todo el mundo fuera suyo.

Se presentaron los tres ante la princesa y dijeron que les propusiera su acertijo; que habían llegado las personas apropiadas, que tenían un entendimiento fino, que se podría enhebrar en una aguja. Dijo entonces la princesa: «Tengo dos clases de pelo en la cabeza; ¿de qué colores es?». —«Si no es más que eso —dijo el primero—, será negro y blanco, como el comino y la sal». La princesa dijo: «Mal adivinado; que conteste el segundo». Dijo el segundo: «Si no es negro y blanco, será pardo y rojo, como el frac de fiesta de mi padre». —«Mal adivinado —dijo la princesa—; que conteste el tercero; éste lo sé por su cara: él seguro lo sabe». Salió entonces el sastrecillo y dijo: «La princesa tiene en la cabeza un cabello de plata y uno de oro, y ésas son las dos clases de color». Cuando la princesa oyó esto, palideció y casi se cae del susto, pues el sastrecillo había acertado; y ella había creído que nadie en el mundo lo averiguaría.

Cuando le volvió el ánimo, dijo: «Con eso no me has ganado todavía; aún tienes que hacer algo más: abajo, en el establo, hay un oso; con él has de pasar la noche, y si cuando me levante mañana sigues vivo, te casarás conmigo». Pensaba, sin embargo, deshacerse así del sastrecillo, pues el oso no había dejado vivo a nadie que le hubiera caído entre las garras. El sastrecillo dijo contento: «Eso también lo cumpliré».

Cuando llegó la noche, mi sastrecillo fue llevado abajo, al oso; el oso quiso lanzarse en seguida sobre él y darle con su garra una buena bienvenida. «Despacio, despacio —dijo el sastrecillo—, yo puedo aquietarte [dispen, «poner en reposo»]». Sacó entonces del bolsillo, como si no tuviera preocupación alguna, nueces de Castilla [welsche Nüsse], las mordió y comió las pulpas; cuando el oso lo vio, le entraron ganas y quiso también nueces. El sastrecillo metió la mano en el bolsillo y le dio un puñado; pero no eran nueces, sino guijarros. El oso se los metió en la boca, pero no podía morder nada, por más que apretara. «¡Ay! —pensó—, ¡qué tonto zoquete eres! No puedes ni abrir las nueces», y dijo al sastrecillo: «Anda, ábreme las nueces». —«Ya ves qué clase de tipo eres —dijo el sastrecillo—: tienes un hocico tan grande y no puedes abrir una nuez tan pequeña». Tomó los guijarros, y ágil como era, se metió en la boca una nuez en su lugar, y ¡crac!, estaba partida.

«Tengo que probar la cosa otra vez —dijo el oso—; viéndolo, creo que yo también podría». El sastrecillo le dio de nuevo los guijarros, y el oso trabajó y mordió con todas sus fuerzas: ¡Dios no quiera que los hubiera partido! Cuando eso pasó, el sastrecillo sacó un violín de debajo de la chaqueta y tocó un poco; cuando el oso lo oyó, no pudo resistirse y se puso a bailar; y cuando hubo bailado un rato, la cosa le gustó tanto que dijo al sastrecillo: «Oye, ¿es difícil tocar el violín?». —«Nada de eso. Mira: con la izquierda pongo los dedos y con la derecha rasco con el arco, y así va alegre: ¡hopsasa, vivalalera!». —«¿Quieres enseñarme? Tocar así, eso también me gustaría entenderlo, para poder bailar cuando tuviera ganas». —«De todo corazón —dijo el sastrecillo—, si quieres aprender; pero enséñame primero tus garras, que son enormemente largas; primero tengo que cortarte un poco las uñas».

Trajo entonces un tornillo de banco, y el oso puso sus garras en él; el sastrecillo las apretó fuerte y dijo: «Ahora espera hasta que vuelva con las tijeras»; dejó que el oso gruñera cuanto quisiera, se acostó en un rincón sobre un haz de paja y se durmió.

La princesa, cuando por la noche oyó gruñir tan terriblemente al oso, no creyó otra cosa sino que él se alegraba mucho y había acabado con el sastre. A la mañana se levantó muy contenta; pero cuando miró al establo, allí estaba el sastrecillo delante, bien despierto y sano como un pez en el agua. Ya no pudo decir ni una palabra en contra, pues lo había prometido públicamente, y el rey mandó traer un carruaje, en el cual ella tuvo que ir con el sastrecillo a la iglesia para casarse allí. Cuando se hubieron subido, los otros dos sastres, que eran falsos y no le envidiaban su suerte, fueron al establo y soltaron del tornillo al oso, que ahora estaba lleno de furia y corrió tras el carruaje. La princesa lo oyó resoplar y le entró miedo, y dijo: «¡Ay! El oso viene tras nosotros y quiere llevarte». El sastrecillo estuvo listo, se puso de cabeza, sacó las piernas por la ventanilla y gritó: «¿Ves el tornillo de banco? Si no te vas, volverás a él».

Cuando el oso lo vio, dio la vuelta y se fue corriendo. Mi sastrecillo entró entonces tranquilamente en la iglesia, y la princesa fue unida a él por la mano, y vivió con ella contento como una alondra de brezal. Quien no lo crea, paga un tálero.

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